Todo eso está impreso en el cristal tallado de la copa, como una holografía emocional.  

Es la poderosa memoria de los objetos.

Pero para que los objetos puedan adquirir esta memoria formidable y profunda, es necesario convivir con ellos, respetarlos, desarrollar una intimidad y un entendimiento.  

Antes, los objetos formaban una especie de segunda piel para los humanos; quiero decir que no era fácil poseer cosas, ni siquiera para los muy ricos, porque las cosas se hacían manualmente, o al menos pasaban por un largo proceso de confección y comercialización.  

Por regla general, antes, para tener un objeto, había que desearlo durante bastante tiempo; había que pensarlo con detenimiento, decidiendo que características se preferían; había que buscarlo o encargarlo, y a veces, incluso, había que construírlo con las propias manos.

Los objetos estaban hechos para durar, para acompañar a mujeres y hombres en el tránsito de sus vidas.  

El mismo candil de hierro podía alumbrar tu nacimiento e iluminar muchos años después las sombras de tu agonía; el mismo peine de marfil podía desenredar tu cabellera de doncella y tus canas de abuela.  

Los humanos tendemos a creer que lo que hoy vivimos y hoy pensamos es lo que siempre hemos vivido y creído; por eso nos cuesta recordar que el mundo ha cambiado vertiginosamente en los últimos tiempos, y que nuestra relación actual con los objetos apenas si tiene medio siglo de vida.  

Esta avidez por adquirir cosas que no necesitamos y que no usamos, y que al poco tiempo tiramos para luego lanzarnos a comprar frenéticamente más cosas nuevas; esta apoteosis del desperdicio que es la sociedad de consumo, en fin, es un fenómeno muy nuevo.

Somos los reyes de la basura.  

Los occidentales, digo.  

En toda la historia de la Humanidad no ha habido una sociedad que haya producido más desechos por barba que nosotros.  

Vivimos rodeados por un torbellino de objetos inútiles con los que no tenemos ninguna relación y a los que no nos llegamos a acostumbrar.

 Nuestro paisaje doméstico ya no nos ve crecer, ya no nos acompaña en el viaje de la vida; las cosas ya no pueden guardar nuestra memoria.  

Es una suerte de desastre ecológico, algo así como la pérdida del ecosistema de la nostalgia.  

Quiero decir que a lo peor, nuestros hijos ya no dispondrán de unas copas lo suficientemente preservadas, lo suficientemente queridas y vividas como para que en sus panzas de cristal pueda anidar el sabor intacto de la infancia. 

 

Por Rosa Montero, periodista, novelista y columnista del diario El País de Madrid

 

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