En un parque, una chica descansa de hacer ejercicio. Sus músculos están relajados, su boca abierta y sus ojos cerrados. Un hombre se acerca al lugar donde está ella, por la espalda. Cuando la distancia es de menos de dos metros, la deportista se ha erguido, ha sacado pecho, su boca se ha cerrado, sus ojos se han abierto levemente y su mano ha subido a la cabeza en coqueto gesto de arreglarse el pelo. El extraño, a su vez, ha adoptado una postura más rígida, hasta el punto de resultar altivo. Medio metro los separa ya y una misteriosa sonrisa aparece en el rostro del hombre.

 

La chica, con todos los músculos en tensión, nota una presión en su hombro y se vuelve rápidamente. Su mirada sube de la mano que le ha tocado a la cara del extraño y entonces su gesto cambia de la sorpresa a la alegría. Los ojos, que se habían abierto exageradamente, se entrecierran ahora e incluso se les nota brillar desde lejos. Los dos sonríen y dicen algo, pero no se les puede oír. Entonces se funden en un apretado abrazo.

 

Hemos sido testigos de un encuentro entre dos personas a las que las une un profundo afecto y que hacía tiempo que no se veían. Ninguno de los dos se la esperaba, pero ha sido para ambos una sorpresa agradable. Sin palabras, hemos captado la carga emocional de la situación. ¿Qué hemos visto?

 

Un cuerpo -el de la chica-, que inicialmente está relajado, entra en tensión al escuchar las pisadas de alguien que se acerca y comienza a penetrar en "su territorio", la zona que le rodea y que siente como suya. Es importante cómo nos afecta a todos este sentimiento de propiedad. A su estudio se le denomina proxémica.

 

El cuerpo extraño está ya tan cerca que puede recibir señales olorosas, de la mayoría de las cuales no son conscientes ni el emisor ni el receptor, y que le indican que la presencia es masculina.

 

Pero si sus ojos se hallaban entreabiertos en un ademán atractivo, se abren del todo al notar un contacto físico sobre su hombro. Aún así no se asusta: nota algo amigo en el ambiente, no sabe el qué.

 

Sin bajar del todo sus defensas, gira la cabeza hacia atrás: primero asegurándose de que es una mano lo que se posó en su hombro y luego buscando la identidad de su dueño. Cuál no será su sorpresa al descubrir de quién se trata. Su reacción (al igual que la de él) es de gran alegría: sus ojos "sonríen", formando las características arrugas de la risa; la piel se tensa; los labios se hinchan y se enrojecen, aunque no lo veamos y forman una sonrisa abierta.

 

Cada uno de estos pequeños movimientos, en cinesis (la ciencia que se dedica a estudiar los gestos humanos), recibe el nombre de kine. Independiente de los demás, no tiene más sentido del que tiene una letra sola. La unión de esos kines, denominada kinema, equivaldría a una sílaba. Y es la combinación de esas sílabas o kinemas la que ya comienza a tener sentido.

 

A la vez hemos observado un brillo en los ojos: las pupilas se han dilatado por un estímulo agradable, y eso es algo que estudia la pupilometría. Y al comenzar la conversación, los pies de cada uno se hallaban señalando al otro, y las posturas eran abiertas, de sinceridad y cariño.

 

Estos son, en resumen, los distintos aspectos de la comunicación no verbal y todos los captamos e interpretamos inconscientemente. Y, si tanto sabe nuestro subconsciente, ¿no deberíamos hacer caso más a menudo de lo que llamamos intuición?

 

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