Si algo caracteriza esta época, es la disponibilidad de opciones que tenemos: la tecnología, el mercado, la educación y la ciencia nos permiten acceder a muchas más opciones que las que tenían nuestros padres, o nuestros abuelos.

Vemos esta abundancia de opciones como una ventaja, ya que nos hace posible satisfacer más deseos y más necesidades y -a la vez- visualizar nuevas posibilidades de satisfacción. Por ejemplo, si vamos al cine y podemos elegir entre diez películas, es más probable que encontremos una acorde a nuestros gustos -o al ánimo de ese día- que si sólo exhibiesen dos.

La posibilidad de elección es algo maravilloso, lo sabe cualquier persona que se mudó de una gran ciudad a una pequeña, o viceversa. Una vida sin opciones sería intolerable. Pero, ¿qué sucede cuándo "mucho" se convierte en "demasiado"?

Tener muchas opciones, puede dificultarnos tomar una decisión. La abundancia de opciones nos impone tres "COSTES" a la hora de tomar una decisión: coste de tiempo, coste de oportunidad y coste psicológico. Veamos cada uno más de cerca.

COSTE de TIEMPO:

El tiempo es un bien limitado. Por lo tanto, mientras más tiempo pasamos decidiendo, menos tiempo nos resta para otras actividades. Ciertamente, hoy pasamos mucho más tiempo decidiendo: si antes hacíamos las compras en el mercado en quince minutos, posiblemente hoy estemos allí más de una hora, eligiendo entre diferentes precios, marcas y envases. Esta mayor inversión de tiempo en elegir hace que tener mayores opciones nos genere más presiones de tiempo. Entonces, sentimos más ansiedad y estrés al momento de elegir y culpa por no cumplir con otros compromisos. Como resultado, no disfrutamos del proceso de elección. Además, la presión de "apurarnos" puede llevarnos a elegir mal.

La abundancia de opciones también impone un coste sobre nuestro tiempo porque aumenta la cantidad de información que necesitamos para decidir. ¿Cómo llegamos a conocer las especificaciones de siete modelos de autos, muy parecidos entre sí? ¡Más de una vez quisiéramos contratar a un experto que elija por nosotros! Aunque acudir a ellos tampoco es la solución, porque nos encontramos con una nueva sobrecarga de opciones: por doquier abundan especialistas en productos, que analizan comparativamente las opciones de compra y dan consejos a los consumidores.

COSTE de OPORTUNIDAD:

A medida que se vuelve más complejo el proceso de decisión, recurrimos a reglas más simples como "mecanismo de defensa": elegimos lo más barato, o lo más conocido. Y -si se nos dificulta mucho el proceso de decisión- hacemos lo posible para evitarlo, postergándolo o ignorándolo. Además, como la amplitud de posibilidades potencia el riesgo al error (al cual somos adversos por naturaleza), para no equivocarnos solemos quedarnos donde estamos, sin hacer ningún cambio. Como consecuencia, muchas veces perdemos la oportunidad de mejorar una situación u obtener un beneficio.

COSTE PSICOLOGICO:

Todos detestamos los problemas, pero más aún si nos sentimos personalmente responsables por ellos. Cuando pensamos que pudimos haberlos evitado, de haber tomado otra decisión, nos sentimos muy mal. La abundancia de opciones, aumenta esta sensación y nos hace sentir más inseguros y confundidos. Imaginemos que compramos una prenda y ésta destiñe (arruinando otras prendas en la máquina lavadora), seguramente nos lamentaremos por haber elegido mal. Un gran número de opciones, puede conducirnos a experimentar emociones negativas como el arrepentimiento, la culpa, el remordimiento, etc…

Otro coste psicológico es la pérdida del interés en la decisión. Frente a muchas opciones, hay veces en que -ni siquiera- encontramos sentido a tomar una decisión: ¿para qué elegir -pensamos- si seguramente mañana habrá más y mejores opciones?

Finalmente, la abundancia de opciones aumenta nuestras expectativas respecto de algo y -con eso- las posibilidades de insatisfacción. A todos nos ha sucedido: buscamos algo que nos guste en la TV, entre más de cien canales… ¡y no encontramos nada!

Estos costes hacen que -muchas veces- terminemos siendo "prisioneros" de la abundancia de opciones. Cuando esto sucede, la cantidad y variedad de opciones se convierte en un problema y no en una solución, ya que implican más esfuerzo de nuestra parte para tomar una decisión. Por lo tanto, una mayor disponibilidad de opciones no conduce -necesariamente- a una mayor libertad.

Como consumidores, continuamente nos aconsejan comprar productos personalizados, buscar lo nuevo, aspirar a lo mejor, exigir calidad, etc… Todas estas recomendaciones son válidas, pero en su justa medida. Por eso, deberíamos considerar las consecuencias de tomarnos el trabajo de buscar, comparar y evaluar todas las opciones disponibles. En ocasiones, es saludable bajar un poco nuestras expectativas, parámetros de satisfacción e impulsos de comparación.

Cuando clarifiquemos la importancia de las decisiones que tenemos por delante; los valores a los que daremos prioridad para tomarlas; y las metas que nos ayudarán a cumplir cada una de esas decisiones, no seremos más "prisioneros" de las opciones, sino dueños de una verdadera libertad.

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